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     www.amiclor.org/opciones/inci.shtml

Los españoles, como habitantes de un país rico, producimos enormes cantidades de basura. En las grandes ciudades sobrepasamos son creces la cifra promedio de un kilo de basura y día, y sólo en las pequeñas poblaciones de carácter eminentemente agrícola y ganadero, donde subsiste aún la medieval pero muy saludable costumbre de reciclarlo casi todo, apenas si se supera el medio kilo por habitante y día. Aquí, como en el resto de Europa, el problema de las basuras urbanas debe ser enfocado urgentemente desde una doble perspectiva: por una parte, concienciación de la población acerca de la reducción, reutilización y reciclado de todo lo que se pueda. Por otra, sustitución inmediata de los vertederos, incontrolados o no, por plantas de tratamiento y combustión controlada. Por lo que a esta combustión controlada se refiere, se han escrito ya ríos de tinta en torno a su supuesta peligrosidad, pero nunca se aportan pruebas de ello, sencillamente porque no existen. El gran fantasma agitado por los que se oponen a esta solución innegablemente eficaz es el constituido por las dioxinas y furanos residuales. Estos cuerpos químicos se producen al quemar a baja temperatura productos que contienen cloro: por ejemplo el papel o el plástico. Son acusados por los ecologistas de ser unos venenos peligrosísimos, provocadores de cáncer aún en concentraciones tan pequeñas que ningún aparato químico podría quizá detectarlas.

Esa afirmación es falsa. Todos los informes científicos, y especialmente los análisis exhaustivos realizados después del accidente de Seveso, donde hace ya veinte años fueron liberadas a la atmósfera enormes cantidades de dioxinas, han demostrado que éstas y los furanos no han matado todavía a ninguna persona. En cuanto al riesgo de cáncer, la tozuda realidad científica es olímpicamente ignorada por los profetas del catastrofismo a ultranza.

La legislación es severa -podríamos decir en exceso, si la comparamos simplemente con la que rige para los emisores de humo- con las chimeneas de combustión controlada de residuos. Y se exigen cantidades mínimas no solo de dioxinas, sino de muchos otros compuestos que son potencialmente tóxicos al limite de lo que la medida más sofisticada puede llegar a calibrar. Lo cual, en el fondo, no es malo. La población debe saber que no existen tan rigurosos límites para los humos de las chimeneas domésticas, de los tubos de escape de los coches o de esas minichimeneas que son los cigarrillos de los fumadores. Y así se da la paradoja de que un manifestante contra, por ejemplo, la incineradora de Valdemingómez, en Madrid, o de Zabalgarbi, en Vizcaya, podría estar quejándose de las ínfimas cantidades de productos tóxicos que puede emitir la chimenea, y en cambio fuma despreocupadamente un pitillo que le administra cantidades miles de veces superiores de esos mismos productos.

Quemar la basura es reducir su volumen y, solucionar de una vez el gravísimo problema de los vertederos incontrolados, e incluso de los controlados. Y permite reciclar las cenizas una vez inertizadas.

El problema estriba en quemarla bien, a elevadas temperaturas y cumpliendo la legislación, con todos los controles previos y a posteriori que haya que establecer. En los vertederos actuales la basura también se quema; por si misma -fermentada con recalentamiento de la materia orgánica y desprendimiento de metano inflamable-, o bien porque los responsables la hacen arder para ir reduciendo un poco su volumen. En ambos casos, se trata de la peor combustión posible por su baja temperatura; las cantidades de toda clase de productos peligrosos son millones de veces superiores a las que emitirían muchas chimeneas de combustión controlada juntas.

Lo asombroso es que esto no parece importar a los que tanto protestan por la incineración de los residuos en condiciones técnicas adecuadas. ¿Cuántos ecologistas habían protestado antes de ahora por la situación de un vertedero como el de La Coruña? ¿No era mucho más merecedora de manifestaciones multitudinarias semejante situación que, por ejemplo, los posibles humos de Valdemingómez o Zabalgarbi?

En suma, las basuras suponen un problema mayúsculo en todo el país. Tenemos dos vías de trabajo para reconducir la situación, complementarias ambas y urgentes: reducir la cuantía de residuos, o al menos frenar su imparable incremento, y, mientras se va consiguiendo ese objetivo -lo cual será lento y costoso-, sustituir urgentemente los vertederos por plantas de tratamiento integral de las basuras, incluida la combustión del sobrante final.

Solo así estaremos enfocando correctamente el problema.

    Manuel Toharia

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